El tiempo derrama su sombra
sobre todo lo que mis ojos han visto.
He visto muros caer
y coronas oxidarse
bajo la misma luz
que un día las hizo brillar.
He visto envejecer el rostro de mi madre
y partir a los amigos que amé.
Nada permanece,
salvo Aquel
cuyo trono no conoce ocaso.
Subí montes buscando sabiduría,
y en la cima,
donde el viento habla
un idioma sin palabras,
supe que la altura no vive en la montaña:
habita en la Voz que la sostiene.
Mis ojos desaprendieron
los destellos breves;
mis manos soltaron
lo que el polvo reclama;
y en ese despojo,
la verdad más pura nace en el silencio,
cuando el alma se atreve a escuchar.
Como el árbol que aguarda
la misericordia de la lluvia,
mis raíces buscan
la hondura de lo invisible.
El agua de los pozos se agota.
Tú eres la fuente
cuya corriente
no nace ni muere.
Tu presencia es el refugio
que no se levanta con murallas:
ala extendida
sobre quien tiembla,
hogar del que ha caminado largo,
vislumbre de la ciudad
que no conoce noche,
donde la gloria del Padre alumbra
y Tú, Cordero,
eres su lámpara.
Entre tus manos,
el corazón deja de ser
un extraño para sí mismo.
No lo devuelves
al huerto que perdió;
lo trasplantas
a la sombra de una cruz,
y la herida que al fin lo sana
no es la suya:
es la del Costado abierto.
Cuando mi voz se aquieta
y el pensamiento
se deshace como humo,
sin una sola palabra,
la tierra entera
—la visible y la oculta—
amanece llena de tu gloria.
Me inclino.
La espiga cargada
se dobla hacia la tierra
y en esa curva silenciosa
guarda todo su grano.
Camino hacia donde
tu luz desciende.
El barro no aprisiona al alfarero:
cede,
se abre,
guarda la forma de sus dedos.
Nada mío aumenta tu esplendor.
Eres Tú quien da peso a mis días,
rumbo a mis pasos
y sosiego a lo hondo de mí.
En lo secreto,
donde tu voz alcanza el alma,
no hay comparación que te alcance,
ni nombre que se acerque,
ni altura que baste
para nombrarte.
Eres el Santo, Santo, Santo,
el que era,
el que es,
el que viene,
el que sostiene lo visible
y lo que aún no ha sido visto.
Y yo,
pequeño en tu inmensidad,
hallo en Ti reposo:
barro bajo la luz del Cordero,
quieto entre las manos
que llevan para siempre
la señal de los clavos.
– Por Jorge Rohner
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El Huésped prometido
Oración al Espíritu SantoITú, que te cernías sobre el abismoantes de que hubiera boca de barroque pudiera invocarte,óyeme desde ese