Señor,
a veces miro mis manos
y no encuentro en ellas
nada digno de ofrecerte.
Apenas esta llama que me diste,
que vacila
ante la santidad de tu fuego;
la misma que escondí
por temor a su pobreza.

Tú, Rey eterno,
que habitas la luz inaccesible,
te inclinaste sobre el barro
hasta vestirte de nuestra carne,
y en la vasija rota
depositaste un tesoro
que no le pertenecía.

No hallas grandeza en mi llama:
la enciendes.
No descubres oro en mis manos:
las reclamas vacías.

Una lámpara no despierta
por su propia voluntad:
tu soplo la levanta
y sostiene lo que enciende.

Me llamas lámpara
no porque posea luz,
sino porque tu gracia
ha puesto aceite
donde solo había noche.

Y ese don
no me permite permanecer dormido:
me llama a velar,
a no esconder lo recibido,
a sostener en medio de las sombras
la claridad que no es mía.



No me pides grandeza,
sino fidelidad.
No me pides la mano llena,
sino la mano abierta.

Por eso hoy, Señor,
dejo esta pequeña llama
ante tu rostro:
sin esconderla,
sin medirla,
sin compararla.

Si te place recibirla,
si te place hacer visible
un destello de tu bondad
en esta luz que apenas comienza,

que arda sin orgullo,
que alumbre sin reclamar el cielo,
que ilumine solamente
aquello que Tú dispongas.

Porque si aún respiro,
tu misericordia permanece.
Y mientras tu misericordia permanezca,
aún es posible:
no porque quede fuego en mí,
sino porque tu voz
—la misma que llamó luz
sobre el primer abismo,
la misma que resplandeció
en un rostro coronado de espinas—
todavía puede llamar luz
desde mi noche.

Entonces, Señor,
enciende en mí
lo que tu gracia dispuso
antes de mi primer aliento.

– Por Jorge Rohner

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