Como viendo al Invisible
La fe nace donde terminan los ojos.
No es llamar visible a lo que no existe,
ni pedirle a la noche que sea día;
es descansar el peso de la vida
sobre una Voz que no puede mentir.
Es caminar sin poseer el mapa,
sembrar sin exigir la madrugada,
obedecer cuando la tierra entera
parece desmentir lo prometido.
La fe no inventa aquello que espera:
reconoce, detrás de lo invisible,
la fidelidad de quien ha hablado.
Abel sigue hablando.
Noé sigue esperando.
Abraham aún contempla la ciudad.
Sara guarda su risa.
José aguarda junto a sus huesos.
Moisés mira una patria más duradera.
David aguarda al Rey de su linaje.
Los profetas descansan de sus heridas.
Los mártires esperan la mañana.
Dios había preparado algo mejor.
Algo que no habría de consumarse
sin reunirnos también a nosotros.
La promesa cruzó generaciones,
pasó de mano en mano
como una antorcha que la muerte
jamás pudo apagar.
Ellos corrieron antes.
Nosotros corremos ahora.
No somos espectadores de su historia;
somos la última línea del poema
que sus vidas comenzaron.
La misma Voz nos llama.
La misma patria aguarda.
La misma ciudad levanta sus cimientos
más allá de la niebla.
Quizá no veamos en esta vida
aquello por lo cual hemos orado.
Quizá sembremos árboles
bajo cuya sombra otros descansarán.
Quizá muramos saludando desde lejos
la respuesta que nunca habrá de llegar
mientras respiremos.
Pero la fe no mide la fidelidad de Dios
por la distancia entre la súplica
y su respuesta.
La fe lo mide por la cruz,
por la tumba que quedó vacía,
por el Cordero que fue muerto
y vive para siempre.
Por eso caminamos.
Con los ojos llenos de invisibles,
con los pies heridos por la tierra,
con el corazón anclado
más allá de cuanto pasa.
Caminamos cuando el cielo está despejado
y construir un arca parece absurdo.
Caminamos cuando el mar está delante
y el ejército detrás.
Caminamos alrededor de las murallas.
Subimos con Isaac hacia el monte.
Renunciamos a los tesoros de Egipto.
Colgamos en la noche el cordón rojo.
Caminamos si los leones callan.
Y si rugen,
también caminamos.
Caminamos si el fuego se extingue.
Y si arde,
también creemos.
Porque la fe
no es recibir de Dios todo cuanto queremos,
sino descubrir que Dios es suficiente
cuando todo lo demás nos es quitado.
La fe es levantar los ojos
cuando la tierra entera los desmiente.
Es fiar el paso a una Voz
que suena donde nada se ve.
Es vivir como extranjero
sin dejar de amar el camino.
Es morir sin haber recibido,
pero abrazando desde lejos.
Es llamar presente a lo esperado
y tratar como sustancia lo invisible.
Es extender la mano hacia el futuro
y encontrar que, desde antes de los siglos,
otra Mano ya venía a nuestro encuentro.
Y cuando al fin la fe cierre los ojos
y ya no quede noche que atravesar,
cuando la promesa deje de ser promesa
porque la gloria se encuentre ante nosotros,
comprenderemos que jamás anduvimos solos,
que cada paso incierto fue guardado
y cada lágrima contada.
Entonces la fe,
cumplida ya su espera,
se inclinará delante de la Presencia.
Ya no habrá que creer sin haber visto.
Veremos.
Veremos la ciudad que tiene fundamentos.
Veremos la patria que anhelamos.
Veremos al Cordero entronizado.
Veremos nuestras pérdidas vencidas,
el silencio rendido ante su Voz,
la gloria germinando en cada herida.
Y sabremos que Aquel a quien seguimos
era más firme que el suelo bajo nuestros pies;
que nunca fue insensato obedecerle,
que ninguna espera resultó estéril
y ninguna vida ofrecida por su Nombre
se perdió.
Hasta ese día,
aunque el mundo llame necia a la esperanza,
aunque los ojos nieguen el camino
y la noche parezca interminable:
caminaremos.
No porque veamos,
sino porque Él ha hablado.
No porque comprendamos,
sino porque Él es fiel.
No porque seamos fuertes,
sino porque el Dios que hace vivir a los muertos
ha prometido.
Y la fe sabe
que una palabra pronunciada por Dios
es más real
que todo lo visible.
- Jorge Rohner
