I    MONTE

El monte ardía
y no se hacía ceniza.

La voz no vino de abajo.
Bajó.

Y el pueblo, al pie,
pidió distancia:
la gloria estaba
demasiado cerca.

Un dedo —no de carne—
se detuvo en la roca
y grabó en ella
una voluntad
que no había nacido
con los siglos.

No era consenso.
No era costumbre.
No era el miedo del hombre
poniendo cercas
alrededor de sí mismo.
Era tu voz.

Lo primero que supimos
de la ley
no fue su letra:
fue de qué mano venía,
y sobre qué dureza
quedaba escrita.

La piedra recibió
lo que el corazón
todavía no sabía amar.

Y el monte,
bajo el fuego,
guardó silencio.

II LÍMITE

A cada agua
le diste una orilla.

Al mar dijiste:
hasta aquí.
Y el mar,
que derriba murallas,
se detuvo
ante un borde de arena.

Al río
le diste cauce,
no para ahogarlo,
sino para que fuera río
y no lodo
derramado sobre la tierra.

Así tus mandamientos.
Cada uno,
una orilla.
Cada uno,
un borde donde tu sabiduría
guardaba la vida.

Amabas
trazando límites.

Pero desde dentro del cauce
el borde parece reja,
y el corazón
que no ama al que lo puso
llama cárcel
a lo que lo sostiene.

La mano que guarda
parece enemiga
cuando se sospecha
del Padre.

Y aun así
no retiraste la orilla.
Porque el amor
no empuja hacia el abismo
para demostrar
que ama.

III · ESPEJO

La ley
no trajo la mancha.
Trajo la luz.
Y la mancha
ya estaba.

Como cuando el sol entra
por una rendija
y de pronto
el aire se llena
de un polvo
que siempre estuvo allí.

Me asomé a la tabla
como a un agua quieta.
Y el agua
me devolvió mi cara.

Dioses
sin templo.
Ídolos
sin estatua.
Tu nombre
gastado entre palabras.
El desprecio
que nunca llegó a la sangre.
La mirada
que había traicionado
antes que las manos.
La mentira
vestida con cuidado.
La codicia
sin voz.

No era una escalera.
Nunca fue
una escalera.
Era un vidrio.

Y lo que el vidrio mostró
no estaba en el vidrio.
Estaba en mí.

Tu ley permanecía limpia.
Era mi rostro
el que no podía
devolverle la luz.

IV POLVO

No la quemaron.
Solo dejaron
de oírla.

Una generación escuchó.
Otra recordó
menos.
Otra conservó palabras
cuyo peso
ya no conocía.

Hasta que el Libro
quedó en el templo
como queda un nombre
que ya nadie pronuncia.

Y el polvo
lo cubrió.
No un polvo extraño.
El mismo
del que fuimos hechos.
Porque un corazón de tierra
entierra
cuanto no ama.

No fue necesario
destruir la Palabra.
Bastó acostumbrarse
a vivir sin ella.

Entonces un rey
mandó buscar.
Y hallaron el Libro
como quien encuentra
su propio nombre
y tarda en reconocerse.

Josías escuchó.
Rasgó sus vestiduras.

La ley no había cambiado.
Dios no había olvidado.
Era el corazón
el que había dejado
de guardar.

Y bajo aquella capa de polvo
ya comenzaba a verse
la herida:
lo que el corazón no ama
termina dejando
de guardar.

V ABISMO

La ley seguía recta.
Yo no.

Bastaba una grieta.
Una sola.

Porque la fractura
no pregunta
cuánto quedó entero.

La tabla pesaba.

Y ninguna obediencia tardía
podía regresar
hasta lo ya quebrado.

Quise pagar.
Conté mis monedas.
Buenas obras.
Días correctos.
Palabras que alguna vez
sí obedecieron.

Pero la deuda
no cabía en número.

No había peldaños.
Había un vacío.

No una distancia
que pudiera saltarse
con suficiente impulso,
sino un abismo
que ninguna mano culpable
podía cerrar.

Y la misma vara
que me medía
y me hallaba corto
guardaba todavía
un misterio:

la ley que podía demostrar
mi culpa
también podría reconocer,
si alguna vez se mostrara,
a Uno
sin falta.

VI CRUZ

Y apareció.

Uno solo
se asomó al vidrio,
y el vidrio,
por primera vez,
no tuvo acusación.

Vino a la ley
que nosotros quebramos
y no borró
una sola línea.
La guardó.

Amó al Padre
sin sombra.
Amó al prójimo
sin reserva.

No hubo otro dios
en su corazón.
No hubo mentira
en su boca.
No hubo codicia
en sus ojos.
No hubo desobediencia
escondida
bajo apariencia de piedad.

La recorrió entera.
Paso a paso.
Día tras día.
Hasta que la obediencia
tuvo un rostro.

Guardó
lo que rompimos.
Y después,
sobre aquella vida
sin deuda,
cargó
la nuestra.

La misma vara
que me condenaba
lo midió a Él
y no halló falta.

Lo que probaba mi mancha
dio fe
de que el Cordero
no tenía ninguna.

Entonces la sentencia
cayó
sobre la Roca.
No porque Él
hubiera quebrado la ley,
sino porque nosotros
la habíamos quebrado.
Y la Roca
permaneció.

El Justo
bajo la condena
del injusto.
El Inocente
en el lugar
del culpable.

La justicia
no murió en la cruz.
Murió el Justo.

La ley
no fue llamada mentira.
Fue cumplida.

La condenación
no se evaporó.
Fue cargada.

Y allí,
sobre la madera,
la santidad de Dios
no disminuyó
para que su misericordia
pudiera alcanzarnos.

Fue el Hijo
quien descendió
hasta nuestra sentencia:

la Roca
que los hombres desecharon,
y no se quebró.

VII CORAZÓN

Y todavía
no habías terminado.

Porque perdonar al culpable
no era hacer que la piedra
aprendiera a latir.

Entonces hiciste
lo que solo Tú
podías hacer.
Quitaste
el corazón de piedra.
Diste
un corazón de carne.

Y Tú,
que habías escrito
sobre la roca del monte,
volviste a escribir.
No con tinta.
No con cincel.
Por el Espíritu
del Dios vivo.

Él,
no viento sin nombre,
no fuerza sin rostro,
sino el Espíritu Santo,
tomó aquello
que permanecía fuera
y lo llevó
hacia dentro.

Sobre lo que el polvo
había sepultado,
Él escribió.

En el rostro
que el espejo
había devuelto manchado,
encendió
una vida nueva.

Y aquello que la ley
me había mostrado
—lo que mi corazón
no podía amar—
lo hizo nacer en mí:
un amor
que antes no estaba.

No para pagar.
Ya había pagado Cristo.
No para subir.
Dios ya había descendido.
No para comprar
un lugar en la casa.
La gracia
había abierto la puerta.

Ahora la obediencia
podía aparecer
como fruto,
no como precio.

Como la rama
que da
porque primero recibió.

Como un corazón rehecho
que aprende, por fin,
a amar
lo que ama
su Hacedor.

Y así,
lo que comenzó
sobre roca
terminó
sobre carne.

Lo que estuvo
fuera,
delante de nosotros,
pasó por gracia
hacia dentro.

Del monte
al pecho.
De la tabla
al corazón.
De la roca
al latido.

Y cuando la ley
vuelve a hablar,
no me deja
mirando mis manos
como si en ellas
estuviera mi esperanza.

Me vuelve
hacia Cristo:
el Hijo
que guardó
lo que quebramos,
el Cordero
que cargó
lo que merecíamos,
la Roca
que permaneció.

Y hacia el Espíritu,
que todavía escribe
sobre carne
lo que ninguna piedra
pudo jamás
hacer amar.
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