Oración al Espíritu Santo I Tú, que te cernías sobre el abismo antes de que hubiera boca de barro que pudiera invocarte, óyeme desde ese mismo silencio donde toda palabra recibe su principio.
No vengo a pedirte fuerza como quien busca dominar el viento. Llego perdido, sin arte de llegar, y Tú, sólo Tú, guías al que no sabe.
Escudríñame. Sé que ya lo haces; que conoces mi casa interior más de lo que yo me atrevo a mirar, y no has retrocedido ante sus habitaciones cerradas.
Repárteme lo que quieras. No elijo el don; te recibo a Ti eligiendo. Si me das la palabra, que no la gaste en mí. Si me das el fuego, que arda primero adentro, donde nadie aplauda, donde el orgullo no encuentre aire. Y si no me das nada que los hombres puedan ver, enséñame que tenerte era ya el don. II Tú eres el Prometido, Aquel de quien habló el Hijo cuando la noche descendía sobre la mesa. Él sabía que sus discípulos quedarían como lámparas frente al viento; por eso no los dejó huérfanos.
Te envió desde el Padre para recordar sus palabras, para abrir en nosotros la memoria de su rostro, para conducir nuestros ojos hasta la cruz y no permitir que olvidemos el resplandor de la tumba vacía.
No hablas para engrandecerte separado del Hijo. Tomas de lo suyo y lo haces arder en nosotros. Pronuncias a Cristo en la profundidad del alma hasta que toda voz extraña pierde su dominio. III Perdóname las veces que te entristecí tratándote como corriente de aire y no como al Huésped santo que hizo de este polvo su morada.
Perdóname por haber buscado tus dones sin buscar tu santidad; por haber deseado tu consuelo sin recibir tu corrección; por haber querido tu fuego sin acercarme a la cruz donde el pecado fue juzgado.
Que no vuelva a olvidar que puedo, siendo polvo, entristecer a Dios en la casa que Él mismo quiso habitar. IV No te comprendo del todo. Permaneces aunque no siempre te perciba. Obras en lo secreto, más hondo que mis sentidos, como la raíz bajo la tierra cuando el invierno parece haberlo detenido todo.
No pido comprenderte. Pido no endurecerme cuando tu voz descubra los cuartos que mantengo cerrados; cuando tu luz repose sobre aquello que escondo; cuando algo muerto en mí comience, sin aviso, a doler de vida.
No me dejes confundir tu silencio con ausencia, ni tu paciencia con aprobación.
Hazme recordar al Hijo cuando otras voces me nombren. Llévame a sus heridas cuando mi culpa me condene. Llévame a su obediencia cuando mi voluntad quiera erigirse como trono. Llévame a su resurrección cuando el sepulcro de mis temores parezca tener la última palabra.
Y cuando no sepa orar —y ya casi nunca sé—, intercede en mi pobreza con aquello que mi lengua no alcanza. Levanta mi tartamudeo. Recoge las palabras que se quiebran antes de llegar y preséntalas ante el Padre conforme a su voluntad.
Da testimonio en mí de que no soy huérfano; de que por el Hijo he recibido un nombre que no fabriqué; de que la adopción no nació de mi mérito, sino de la gracia que me encontró en Cristo. V Permanece. No como quien atraviesa una casa camino de otra parte, sino como el Señor que ha reclamado para sí hasta el cuarto más oscuro.
Haz de mí un templo que no presuma de su Santuario; una lámpara que recuerde que la llama no le pertenece; un río que no olvide la fuente de donde vino.
Y cuando este barro entregue su último aliento, sosténme en la fe; que mi espíritu sea recibido por Cristo, redimido por su sangre y guardado para la resurrección.
Allí, donde Cristo es la lámpara y no existe noche, terminará mi tartamudeo. Y todo cuanto ahora apenas puedo nombrar será adoración.