I. EL PRIMERO QUE QUISO SUBIR
Antes del hombre,
antes del primer llanto sobre la tierra,
ya había alguien de pie
demasiado cerca de la luz.
No fue hecho oscuro.
Fue hecho hermoso.
Sello de la perfección,
lleno de sabiduría,
piedra que ardía
entre las piedras de fuego.
Había conocido la santidad sin sombra,
el monte de Dios,
el resplandor que ninguna criatura
produce por sí misma.
Pero la hermosura se miró a sí misma.
La sabiduría olvidó
de quién la había recibido.
Antes de alzar un solo templo en la tierra,
alzó un trono hacia dentro.
Y en el silencio donde nadie lo oía
—creyó él— dijo:
Subiré al cielo.
Levantaré mi trono
sobre las estrellas de Dios.
Me sentaré en el monte del testimonio,
en los confines del norte.
Subiré sobre las alturas de las nubes.
Seré semejante al Altísimo.
Cinco veces subió
sin moverse de su sitio.
Cinco peldaños
levantados dentro del orgullo.
Y arrastró consigo
la tercera parte de las estrellas,
seres que lo siguieron
creyendo que ascendían
—y caían.
Entonces cayó la palabra.
Una sola.
Sin esfuerzo.
Sin lucha entre iguales.
Mas derribado eres
hasta lo más hondo del abismo.
No perdió el cielo.
Lo soltó.
Abandonó su lugar
con los ojos abiertos.
Porque cuando el hombre
abrió los ojos en el huerto,
la serpiente ya venía desde abajo.
II. LA MISMA VOZ EN EL JARDÍN
Bajó al jardín
con la ambición ya vieja en la boca.
No inventó nada allí.
Lo que ofreció bajo los árboles
lo había dicho antes,
frente al trono, a solas:
seréis como Dios.
La misma soberbia,
ahora tendida sobre una rama.
No tentó al hombre con algo nuevo.
Le entregó su propia caída
como se entrega un fruto
mordido por dentro:
intacto en la cáscara,
podrido en el corazón.
La mujer vio.
El hombre tomó.
Y la criatura quiso recibir
por desobediencia
lo que solo podía reflejar por gracia.
El hombre no cayó
desde la altura del querubín.
Cayó desde la única altura que tenía:
haber sido hecho a imagen de Dios.
Y esta vez
la sentencia no fue solo derribo.
Fue promesa.
En medio de la vergüenza,
entre hojas cosidas
y voces que se escondían,
Dios habló de una simiente.
La simiente de la mujer
te herirá la cabeza.
La serpiente escuchó su final
antes de comenzar sus construcciones.
Desde el primer día de la muerte,
ya estaba anunciada la herida
que un Hijo le abriría.
III. LOS QUE DEJARON SU MORADA
Pasaron los años
como pasa un río por una tierra oscura.
La mentira echó raíz.
Y dio su fruto:
hombres que ya no preguntaban de dónde venían,
solo hasta dónde podían llegar.
Entonces otros miraron hacia abajo.
No la serpiente sola. Muchos.
Tenían una morada,
un límite dispuesto
que no debían cruzar.
Lo cruzaron.
Miraron a las hijas de los hombres.
Las hallaron hermosas.
Y tomaron para sí
lo que Dios no había unido.
No fue amor.
Fue frontera quebrantada.
Fue un cielo que bajó
no para servir, sino para poseer.
Y de aquella herida
abierta en la creación
nacieron los de nombre inmenso:
los fuertes, los temidos,
hombres que no cabían
en la medida del hombre.
Fuerza mezclada con violencia.
Sabiduría sin temor.
Poder sin pacto.
Sus nombres cruzaron las generaciones.
Se hicieron titanes, semidioses,
héroes nacidos del cielo,
reyes cuya sangre decían divina.
Pero debajo de cada nombre
seguía abierta la misma herida.
La tierra se llenó de violencia.
Casi no había linaje sin sombra,
ni pensamiento
que no se inclinara continuamente al mal.
Y el que había formado al hombre
vio en qué lo habían convertido.
Y le dolió.
No fue ira ciega.
Fue el dolor exacto
de quien contempla su obra
deshecha por dentro.
Y sin embargo,
en aquella espesura
una línea permanecía recta.
Un hombre.
Íntegro en su generación.
Noé.
Por él, la mano que juzgaría
no borraría todo.
IV. LO QUE ENSEÑARON
Antes de las aguas hubo una herencia.
No la dejaron solamente en objetos.
La dejaron en la mente del hombre,
que es donde el mal aprende a sobrevivir.
Enseñaron.
Enseñaron al hierro a beber sangre.
Antes, el metal dormía
en la profundidad de la tierra,
y nadie le había dicho
que podía convertirse en espada.
Enseñaron la aleación, el filo, la armadura,
el instrumento que multiplica
la fuerza de una mano
para herir a muchas.
Enseñaron a mirar las estrellas,
no para adorar a quien las había puesto,
sino para arrancarles el destino del hombre,
como si el cielo debiera cuentas
al que lo interroga.
Transformaron el curso de los astros en presagio.
El calendario, en temor.
La noche, en consulta.
Enseñaron la raíz que adormece,
el humo que abre puertas
que era mejor dejar cerradas,
la palabra pronunciada sobre el agua quieta,
la invocación que llama
a quien no debe responder.
Enseñaron a la piedra
a obedecer medidas
que los siglos olvidarían:
el ángulo que no yerra,
el bloque que sube
contra su voluntad de caer,
la roca que parece haberse ablandado
bajo una ciencia ya perdida.
Enseñaron geometría, resonancia,
orientación celeste,
el modo de unir la tierra y el cielo
en una sola estructura.
Todo esto podía aprenderse
sin inclinar el rostro ante Dios.
Esa fue la oferta.
Poder sin raíz.
Ciencia sin rodillas.
La llave de las cosas
sin el rostro de quien las hizo.
Y el hombre la tomó.
Se creyó más alto, más sabio, más libre.
Sin notar que toda aquella luz
venía de abajo.
· · ·
Entonces vino el agua.
No para enseñar nada.
Para callar.
Cubrió la ciencia sin rodillas.
Los altares del humo.
Los nombres inmensos.
Las armas. Las ciudades.
Los templos abiertos a las estrellas.
La sangre espesa.
Los gigantes no fueron más fuertes que el juicio.
Las piedras enormes
no detuvieron una sola ola.
Las escalinatas descendieron al agua.
Las torres perdieron el horizonte.
El mar entró en los recintos sagrados.
No borró toda piedra.
Borró la memoria
de quién la había puesto.
Y cuando el agua bajó,
cuando el hombre volvió a contar sus días,
encontró cimientos que no había echado,
bloques que no sabía mover,
figuras cuyo significado ya no comprendía.
Y los llamó divinos.
Lo que había sido enseñado
volvió a enseñarse,
más pobre, fragmentado, de memoria,
como quien repite una oración
en una lengua que ya no entiende.
· · ·
V. LA REBELIÓN ESCRITA EN PIEDRA
Y levantaron.
Antes de las aguas,
después de las aguas,
sobre ruinas,
sobre cimientos,
sobre recuerdos heredados,
levantaron.
En regiones que no se conocían,
bajo nombres distintos,
la misma piedra imposible.
No todo monumento visible
pertenecía al primer mundo.
Pero en todos persistía
el mismo impulso:
hacia arriba.
En Egipto, sobre la arena,
Guiza alzó una montaña de aristas
que no había nacido de la tierra.
Millones de bloques.
Seis millones de toneladas
sometidas a una forma.
No guardaba suficientes muertos
para explicar su tamaño.
No hablaba como tumba.
Parecía una pregunta de piedra
dirigida a las estrellas.
Pero ninguna pirámide,
por exacta que fuera,
llegó a tocar el trono de Dios.
En Inglaterra,
Stonehenge abrió un círculo
para recibir el sol.
Monolitos levantados, coronados,
ajustados como una puerta para el cielo.
Y una vez al año,
el amanecer entraba por el lugar exacto,
como si el sol hubiera sido citado.
Pero el sol no obedecía al círculo.
El círculo y el sol
obedecían a Otro.
En los Andes,
Sacsayhuamán cerró piedra contra piedra
sin barro, sin cemento,
sin espacio para el filo de una hoja.
Cada roca guardaba
la forma secreta de la siguiente.
Y cuando preguntaron
a quienes gobernaban la tierra,
ellos respondieron: ya estaba aquí.
Otros pusieron la primera piedra.
En el altiplano,
Puma Punku dejó la materia cortada
con una precisión
que no correspondía a sus herramientas.
Ángulos limpios. Surcos idénticos.
Piezas que parecían partes de una máquina
desarmada por una mano violenta.
La roca no parecía tallada.
Parecía vertida en moldes
que el tiempo perdió.
Y las leyendas hablaron de gigantes,
de un diluvio,
de bloques dispersos por el agua.
El mito cambió los nombres,
pero no pudo borrar el juicio.
En medio del océano,
los moáis se levantaron desde la ladera.
Casi mil rostros,
más pesados que la memoria
de quienes los tallaron.
Y los hombres dijeron: caminaron.
No tenían pies completos, pero caminaron.
Los movió el mana,
una fuerza que no dejaba huella.
Sus ojos de coral miraron el cielo,
como si esperaran el regreso
de los antiguos maestros.
Otra vez el hombre queriendo ser alto
por el nombre de quien había caído.
En México,
Teotihuacán trazó una ciudad
como mapa del firmamento.
La Calzada de los Muertos.
La Pirámide del Sol.
Y la llamaron:
el lugar donde los hombres
se convierten en dioses.
Pero ningún hombre se ha hecho eterno
subiendo una escalinata.
La ciudad quiso hacer del cielo una dirección.
Y terminó convertida en ruina.
En Chichén Itzá,
la piedra aprendió el número de los días.
Noventa y un peldaños en cada lado,
y una plataforma sobre ellos.
Trescientos sesenta y cinco.
El año entero convertido en escalera.
Dos veces, cuando la estación se inclinaba,
la luz prestaba su cuerpo a una serpiente
que descendía por la pirámide,
peldaño a peldaño.
Kukulkán. La serpiente cubierta de plumas.
La tradición decía que había bajado del cielo,
que había enseñado, civilizado,
que algún día volvería.
La misma voz antigua bajo otro nombre.
Descenso sin encarnación.
Promesa sin salvación.
Machu Picchu nació entre cumbres
que parecían negarse
a sostener una ciudad.
Muros sin argamasa.
Terrazas suspendidas sobre el abismo.
Sin hierro, sin rueda,
sin poleas suficientes
para explicar cómo subió el peso.
Y debajo de lo visible
durmieron otras estructuras.
Las leyendas hablaron de un ser luminoso.
Pero no toda luz procede de la gloria.
Hay resplandores que solo vuelven
más seductora la noche.
En Göbekli Tepe
levantaron el templo antes que la casa,
el círculo antes que el sembradío.
Y después, el templo fue enterrado.
No derribado. Sepultado entero,
como si quienes lo cubrieron
temieran que la memoria
saliera nuevamente a la superficie.
Antes del pan, hubo altar.
Antes de la ciudad, adoración.
Y no toda adoración ascendió hacia Dios.
En Baalbek,
la base fue anterior a los imperios.
Griegos construyeron. Romanos construyeron.
Pero debajo de todos
permanecieron los bloques.
Ochocientas toneladas. Mil. Mil quinientas.
Aun las máquinas modernas se detienen
ante aquellas masas.
Imperios enteros edificaron encima
sin recordar quién había puesto
la primera piedra.
En Tula,
los Atlantes custodiaron el templo del lucero.
Guerreros de basalto, tallados en una piedra
más dura que las herramientas
que se les atribuyen.
En sus manos llevaron objetos
que aparecían también
en dioses de otras tierras.
La serpiente emplumada. Venus.
La estrella de la mañana.
Otra vez el lucero.
Otra vez un templo dedicado a la luz
que una criatura había querido usurpar.
En Costa Rica,
la piedra no quiso subir.
Quiso no tener principio.
Las esferas del Diquís
fueron pulidas hasta borrar toda arista.
Quince toneladas
sometidas a una curva completa.
Y formas semejantes aparecieron lejos,
en pueblos separados por mares.
La misma tentación
de encerrar lo eterno dentro de la materia.
Pero la eternidad no cabe en una esfera.
No era solamente arquitectura.
Era liturgia.
Cada maravilla, un altar.
Cada altar, sangre.
Pero no eran dioses.
Eran criaturas.
Antiguas. Poderosas.
Pero criaturas.
Y ninguna criatura
merece la gloria del Creador.
VI. PARA ELLOS NO HUBO ALTAR
Cae aquí una pregunta
que el poema venía guardando.
Si hubo redención
para el hombre engañado,
¿por qué no la hubo
para quienes lo engañaron?
La respuesta es severa.
Y la Escritura no la esconde.
No fue porque faltara justicia en Dios.
Fue porque su caída no fue la nuestra.
El hombre cayó desde abajo,
sin haber visto la gloria sin velo,
mordiendo un fruto
que otro le entregó podrido por dentro.
Ellos cayeron desde arriba.
Conocían la luz. La presencia. La santidad.
Sabían exactamente de quién se apartaban.
Por eso el Hijo
no tomó naturaleza de ángeles.
Tomó la del hombre. La nuestra.
El cansancio. El hambre. La sed.
La carne que puede ser herida.
La muerte.
Tomó una carne que podía morir
para rescatar a quienes el Padre le había dado.
Hubo pesebre. Hubo cruz.
Hubo una piedra rodada frente a una tumba.
Hubo una mañana en que la tumba quedó vacía.
Para ellos, nada de esto.
Ninguna sangre derramada
para devolverlos a la casa que abandonaron.
Algunos ya están guardados bajo oscuridad,
esperando el juicio del gran día.
Otros aún recorren la tierra.
Engañan. Acusan.
Se disfrazan de luz.
Pero su tiempo está medido.
No los espera un trono en el fondo del fuego.
No reinarán en las tinieblas que prefirieron.
El fuego que creyeron manejar
no será su cetro.
Será su sentencia.
No serán reyes del abismo.
Serán los juzgados en él.
El que quiso elevar su trono sobre las estrellas
será arrojado como condenado.
Y él terminará bajo el juicio
del Dios cuyo lugar quiso tomar.
VII. LA ROCA
Cuando todo lo que subió hubo caído,
descendió una Piedra.
No la cortó ninguna mano.
No la subió ninguna rampa.
No fue levantada
contra su voluntad de caer.
Bajó porque quiso bajar.
Los otros descendieron para poseer.
Él descendió para servir.
Los otros tomaron mujeres.
Él tomó naturaleza humana
en el vientre de una virgen.
Los otros engendraron violencia.
Él formó un pueblo por gracia.
Los otros enseñaron al hierro a beber sangre.
Él permitió que el hierro
atravesara sus manos.
Los falsos dioses pidieron hijos.
El Padre entregó al Hijo.
Ellos reclamaron la sangre de otros.
Cristo derramó la suya.
No pidió una pirámide.
Nació bajo un techo humilde.
No exigió sacrificios humanos.
Se ofreció como sacrificio.
No enseñó secretos prohibidos.
Reveló al Padre.
No prometió que los hombres serían dioses.
Los llamó a ser hijos por adopción.
Los constructores vieron la Piedra.
La midieron. La examinaron.
No le encontraron lugar en su muro.
Y la echaron fuera.
La desecharon.
La Piedra cayó,
pero no como caen las torres.
Cayó como cae la semilla:
para abrirse,
para perderse un tiempo bajo tierra,
para volver.
Sobre una cruz
no hubo geometría secreta.
No hubo energía oculta.
No hubo bloque de mil toneladas.
Solo madera. Hierro. Sangre. Oscuridad.
Y el Cordero en el centro.
Allí despojó a principados y potestades.
Allí exhibió la derrota
de quienes creyeron haber vencido.
La cruz parecía pequeña junto a las pirámides.
Pero sobre ella
fue quebrado el dominio de la muerte.
Ellos apilaron roca sobre roca
para que su nombre tocara el cielo.
El cielo, en cambio,
puso una sola Piedra
y sobre ella
quebró las puertas del sepulcro.
También hubo una piedra frente a la tumba.
Fue sellada. Custodiada.
Pero al tercer día fue movida.
No por gigantes. No por resonancias.
No por ángeles rebeldes.
Fue apartada ante el poder de Dios.
Y Cristo salió.
No necesitó convertirse en Dios.
Era Dios venido en carne.
Lucifer dijo: subiré.
Cristo, siendo Altísimo, descendió.
Lucifer quiso levantar un trono.
Cristo dejó su gloria y tomó una cruz.
Lucifer quiso ser semejante al Altísimo.
Cristo, siendo Dios,
se humilló hasta hacerse siervo.
Por eso uno cayó.
Y el Otro fue exaltado sobre todo nombre.
Miren ahora las obras que dejaron.
Guiza se agrieta bajo el tiempo.
Stonehenge pierde piedra tras piedra.
Los moáis miran un cielo que nunca los llamó.
Machu Picchu vuelve lentamente a la montaña.
Baalbek sostiene sus bloques,
pero no puede sostener la eternidad.
Todo lo que quiso subir
desciende lentamente
a la tierra que lo vio nacer.
Todo se deshace.
Pero la Piedra
que los constructores desecharon
permanece.
Nada pudo removerla.
No la sostiene ningún cimiento.
Ella es el cimiento.
Sobre ella se levanta una ciudad
que no conocerá ruinas.
No fue trazada por ángeles rebeldes.
No guarda medidas robadas.
Su arquitecto y constructor es Dios.
No tendrá templo hecho por manos.
El Señor Dios Todopoderoso y el Cordero
serán su templo.
No necesitará sol.
La gloria de Dios la iluminará.
Allí los redimidos
no serán gigantes, ni dioses,
ni criaturas elevadas por su propio poder.
Serán hijos por adopción,
vestidos por gracia,
sostenidos por la obra de Cristo.
Lo imposible nunca fue cortar el basalto,
ni levantar pirámides,
ni pulir una esfera hasta borrar su principio.
Lo imposible era que la criatura venciera al Creador.
Lo imposible era que la muerte retuviera a Cristo.
Ellos levantaron piedras
y terminaron debajo de ellas.
Él fue desechado como Piedra
y será por siempre el fundamento.
Los que quisieron subir
se quedaron abajo.
El que descendió
levantó consigo
a todos aquellos
que descansan sobre la Roca.
- Jorge Rohner

De la roca al latido
I MONTEEl monte ardíay no se hacía ceniza.La voz no vino de abajo.Bajó.Y el pueblo, al pie,pidió distancia:la gloria estabademasiado
