I
Cuarenta días
el gigante tendió su sombra
sobre un pueblo que temblaba.
Y el pueblo lo medía:
la lanza,
la coraza,
la estatura,
la voz que ocupaba el valle.
Todos hacían la misma cuenta,
y en todos
daba el mismo miedo.
II
David llegó de las colinas
con el olor del rebaño
todavía entre las manos.
Venía de guardar ovejas,
no de contar ejércitos.
Miró al gigante
y no vio lo que veían los demás.
No preguntó por su altura,
sino por aquel nombre de barro
que se alzaba contra el Dios viviente.
Porque la afrenta
no terminaba en los hombres.
Subía más alto.
Buscaba alcanzar
a Aquel cuya gloria
David no podía entregar al desprecio.
III
Lo habían instruido los montes.
Allí, sin testigos,
cuando el león vino por el cordero
y después el oso,
sus manos conocieron la lucha,
pero la victoria
no perteneció a sus manos.
En la soledad de los pastos
aprendió quién sostenía su vida
mientras él sostenía el rebaño.
Por eso, ante el gigante,
David no calculaba.
Recordaba.
IV
Quisieron vestirlo
con el bronce del rey.
Se lo puso
e intentó caminar,
pero aquel peso
no conocía sus pasos.
No estaba acostumbrado.
Entonces lo dejó:
no porque el metal fuera débil,
sino porque aquella no era
el arma puesta en sus manos,
ni descansaba en ella
su confianza.
Bajó al arroyo.
Escogió cinco piedras lisas
—el agua las conocía—
y tomó la honda,
conocida entre sus manos,
pequeña ante los hombres,
suficiente bajo la mano de Dios.
V
El gigante lo maldijo
por sus dioses
y prometió su carne a las aves.
David no respondió con su nombre,
ni con su brazo,
ni con las victorias
que guardaban los montes.
Dijo:
tú vienes a mí
con espada, lanza y jabalina;
pero yo vengo a ti
en el nombre de Jehová de los ejércitos,
el Dios de Israel,
a quien has provocado.
Y pronunció ante el valle
lo que el valle había olvidado:
de Jehová
es la batalla.
VI
Giró la honda.
La piedra encontró la frente,
y la altura
que había llenado de temor el valle
cayó sobre su propia sombra.
No había espada
en la mano de David.
No hizo falta
para que todos supieran
que Jehová salva
sin espada y sin lanza.
VII
Quedó de pie
el pastor que no había venido
a engrandecer su nombre,
sino a confiar
en el Nombre
que no puede ser vencido.
Y en el silencio del valle,
donde el miedo había crecido
hasta oscurecerlo todo,
volvió a su medida
aquello que los hombres
habían hecho inmenso.
VIII
Pero aquella piedra
no era todavía
la última victoria.
Vendría otro Pastor:
el Hijo de David
y Señor de David,
sin armadura ante la muerte,
sin apariencia de vencedor.
Sobre Él caería
el enemigo que nos asediaba;
y cuando todo pareciera perdido,
se levantaría.
Y la tumba aprendería
que tampoco ella era Dios.
Desde entonces,
frente a cuanto levante su sombra,
ya no es su amenaza
la que da la medida.
Recuerda.
La batalla pertenece al Señor,
y la victoria,
al Cordero.
— Jorge Rohner

De la roca al latido
I MONTEEl monte ardíay no se hacía ceniza.La voz no vino de abajo.Bajó.Y el pueblo, al pie,pidió distancia:la gloria estabademasiado
