Antes de la primera luz

Antes de la primera luz,
cuando el tiempo aún no había aprendido
a contar sus días,

Tú eras.

No había mar
que obedeciera a sus orillas,

ni montaña que sostuviera
el peso de la niebla,

ni semilla recogiendo en su entraña
la memoria de un bosque.

Solo Tú,

sin principio,
sin carencia,
sin sombra.

Entonces creaste
los cielos y la tierra:
informe todavía,
vacía,
y las tinieblas
tendidas sobre el abismo.

Y sobre las aguas sin forma
tu Espíritu se cernía,
como el ave sobre el nido
donde aún no hay canto.

Entonces hablaste.

Y el vacío,
que no conocía nombre,
se estremeció bajo tu voz.

La luz abrió los ojos.

Separaste un abismo de otro
y tendiste entre las aguas
la anchura del cielo.

El mar encontró su límite.
El polvo se reunió en continentes.

La tierra vistió su desnudez
con hierba,
con cedros,

con flores que nadie había contemplado
y que, sin embargo,
ya eran hermosas ante Ti.

Dijiste al mar:

hasta aquí.

A la semilla:

guarda el árbol.

Entonces encendiste las lumbreras:

una para custodiar el día,
otra para velar la noche;

y sembraste de estrellas
la hondura del firmamento.

El tiempo recibió estaciones.
La tierra aprendió
el regreso de los amaneceres.

Después,
el mar se estremeció de criaturas
y el cielo recibió alas.

Dijiste al pez:

habita la profundidad.

Al ave:

cruza el viento.

Y la tierra se pobló de pasos:

la bestia entre los bosques,
el ganado sobre la hierba,
la criatura pequeña
junto al polvo.

A cada una dijiste:

sé según el orden
que he pronunciado sobre ti.

Y todo obedeció.

Y al fin,
inclinaste tu consejo:
hagamos al hombre
a nuestra imagen.

Entonces tomaste el polvo.

Le diste rostro;

y al rostro,
aliento.

Le concediste escuchar tu paso
entre los árboles

y recibir la tarde
sin miedo.

Varón lo formaste,
y de su costado abierto
nació quien sería su compañía;

y pusiste el jardín en sus manos
para guardarlo,
no para poseerlo.

Contemplaste cuanto habías hecho.

Ninguna herida atravesaba la tierra.
Ningún sepulcro esperaba su cuerpo.

Todo era bueno
bajo la quietud de tu mirada.

Y santificaste el reposo,

no porque tu poder se fatigara,

sino porque la obra
había alcanzado su plenitud.

Después,
antes de que el barro
cerrara su mano sobre el fruto,
otra criatura
había apartado de Ti su mirada.

Querubín entre resplandores,
había sido hermoso
bajo una luz que no era suya:
sabiduría recibida,
esplendor sostenido
por tu sola voluntad.

Pero contempló su hermosura
hasta olvidar de dónde venía.

Confundió el resplandor recibido
con una gloria que le pertenecía.

Quiso elevar su trono.

Quiso ser altura
sin permanecer bajo tu alteza.

Y cayó.

No porque hubiera sombra
en tus manos,
sino porque hizo de sí mismo
el centro de su mirada.

Cuando llegó al huerto,
ya era adversario:
una voluntad torcida
bajo la voz de la serpiente.

No negó primero
tu existencia;
sembró sospecha
sobre tu bondad.

Torció tu palabra.

Llamó privación al límite
y libertad a la desobediencia.

Entonces el corazón
que formaste del polvo
prestó oído a la mentira.

Quiso ser fuente
sin haber sido río.

Quiso darse un nombre
fuera de tu voz.

La mano que había sido abierta
para recibir

se cerró sobre el fruto.

Y entró la muerte.

No como un trueno,

sino como una grieta
bajo todas las cosas.

El cardo conoció la tierra.

La sangre conoció la piedra.

El vientre conoció el dolor.

El hermano levantó la mano
contra el hermano.

Desde entonces,
la creación conserva tu huella
como un espejo quebrado:

el mar todavía proclama tu poder,
pero guarda naufragios;

el bosque todavía alza sus ramas,
pero conoce el fuego;

el ciervo aún busca las corrientes,
pero huye;

la madre aún recibe vida,
pero da a luz
bajo la sombra de la muerte.

Y el hombre,

en lugar de volver su rostro hacia Ti,

levantó piedras.

Talló ojos
y les pidió que vieran.

Fundió bocas
y aguardó una respuesta.

Adoró al sol
sin recordar quién lo encendió.

Midió las estrellas
y buscó en ellas
un padre distinto.

Construyó torres,
templos,
máquinas,

promesas de inmortalidad.

Quiso rehacer el barro
sin inclinarse ante las manos
que lo formaron.

Quiso vencer la muerte
sin confesar el pecado.

Quiso alcanzar el cielo
sin Ti.

Pero Tú no abandonaste
la obra de tus manos.

El Verbo,
por quien fueron hechas todas las cosas,
entró en la creación.

El que extendió los cielos
cupo entre dos brazos.

El que dio cauce a los ríos
conoció la sed.

El que sembró los campos
comió el pan de los pobres.

El que sostuvo las constelaciones
recorrió el polvo de nuestros caminos.

El que dio voz al trueno
calló ante sus acusadores.

Y el árbol,
que había nacido bueno
bajo tu palabra,
fue levantado
como instrumento de muerte.

Sobre él cargaste
la antigua rebelión del barro.

La corona de espinos
ciñó la frente
de quien había hecho germinar
toda semilla.

Los clavos atravesaron
las manos
que trazaron los límites del mar.

La sangre del Creador encarnado
cayó sobre la tierra maldita.

Y por un instante
el sol ocultó su rostro,
como si la creación entera
no pudiera mirar.

El cuerpo fue puesto
en una tumba prestada.

La piedra fue sellada.

La noche creyó
haber cerrado la historia.

Pero al tercer día,

la Luz atravesó la muerte.

No aquella
que separó la mañana de la noche,

sino Aquel
por quien toda luz existe.

La piedra cedió.

La tumba devolvió
a quien no podía retener.

Cristo resucitó,
no como recuerdo,
no como espíritu sin cuerpo,
sino como primicia
de una creación nueva.

En sus heridas
la materia fue vindicada.

En su cuerpo glorificado
el polvo contempló
su destino.

El futuro abrió los ojos.

La muerte comenzó a morir.

Desde entonces,

toda raíz que rompe la tierra,

todo amanecer que vence la sombra,

todo río que busca el mar,

lleva escondida
una pequeña profecía.

La creación gime,

sí,

pero no como quien cae
en un vacío sin respuesta.

Gime como una mujer
que conoce el dolor
y espera el nacimiento.

Espera el día

en que la antigua serpiente
no vuelva a entrar en el jardín,

en que el lobo no devore,

en que el cardo pierda su corona,

en que el mar entregue sus muertos,

en que el cuerpo vuelva del polvo
sin corrupción.

Espera la ciudad
que no necesitará del sol,

porque el Cordero
será su lámpara.

Espera el río limpio,

el árbol que no enferma,

la hoja que no cae,

la noche que no vuelve.

Y nosotros,

barro todavía,

polvo sostenido por misericordia,

alzamos la mirada.

No para adorar las estrellas,

sino para esperar
a quien las puso en su lugar.

No para huir de la tierra,

sino para aguardar
la tierra renovada.

No para salvarnos
con la obra de nuestras manos,

sino para descansar
en las manos heridas

del que hace nuevas
todas las cosas.

Antes de la primera luz,

Tú eras.

Cuando el tiempo entregue
su último día,

Tú permanecerás.

Y cuando la creación
sea libre al fin de su gemido,

cada criatura,

cada río,

cada monte,

cada cuerpo redimido,

no proclamará
su propia grandeza,

sino la tuya.

Porque de Ti,

por Ti
y para Ti

fueron hechas todas las cosas.

Y en Cristo,
el principio y el fin,
la creación encontrará
su reposo.

- Jorge Rohner


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