Vivía inclinado sobre el polvo,
disputándome migajas
que llamaba pan,
aprendiendo un idioma
hecho de voces
que no eran la tuya,
hasta creerlo mío.
Andaba con la mirada baja
y el corazón contenido,
respondiendo a nombres
que otros me pusieron.
Y así, sin saberlo,
me llamaba de mil modos
menos hijo.
Hasta que una noche
el camino comenzó a elevarme,
curva tras curva,
hacia la cima.
Entonces el sol
se abrió como una promesa:
la luz sobre las montañas,
las sombras retrocediendo,
el color devuelto
a lo invisible.
Y abajo, el mar,
quieto en su sitio,
obediente a una voz
más antigua que el agua.
No es el mar quien se sostiene:
eres Tú.
La voz por la que subsiste todo,
la que lleva el peso de los mundos
y ya conocía mi nombre
cuando yo aún no respiraba.
Y ardió algo en mi pecho,
no el calor de un instante,
no una emoción nacida de la altura:
era tu Espíritu
diciendo lo que yo
no sabía decir,
pronunciando un nombre
que jamás habría podido darme.
hijo.
No por mérito.
No por esfuerzo.
Sino en el Hijo amado,
Aquel sobre quien tu voz
declaró su complacencia,
Aquel que no recibió el nombre de Hijo,
porque eternamente era suyo.
Y bajo el nombre del Amado,
por pura gracia,
tu voz me llamó también hijo.
Entonces las voces prestadas
perdieron su peso.
El polvo dejó de ser mi casa.
Levanté los ojos,
y el cielo no me era extraño:
allí reinaba Aquel
que me había llamado suyo.
Padre,
bastó con que pronunciaras mi nombre
para que todas las mentiras
callaran.
Jorge Rohner, 2026


