Pablo, apóstol a las naciones
POEMA EN DOCE MOVIMIENTOS
ACTO I · EL HOMBRE QUEBRANTADO
I. El nombre de Saulo
En Tarso hablaban las lenguas del imperio.
Roma extendía sus caminos;
Grecia, sus palabras.
Llevaba el nombre de un rey
cuya corona había caído hacía siglos:
Saulo.
En Jerusalén,
a los pies de Gamaliel,
se inclinó sobre las Escrituras.
Conocía los mandamientos,
las antiguas promesas,
el peso de una palabra escrita.
Era fariseo.
Había aprendido a guardar,
a separar,
a defender.
«Circuncidado al octavo día,
del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín,
hebreo de hebreos;
[…]
en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible.»
Nada de aquello era pequeño.
Pero en las calles de Jerusalén
comenzaba a pronunciarse un nombre
que sus certezas no podían recibir.
Jesús.
El crucificado.
Decían que Dios lo había levantado de los muertos.
Aún no llevaba las cartas hacia Damasco.
Antes,
unos hombres dejarían sus mantos
a los pies de Saulo.
II. Los mantos de Esteban
Los dejaron a sus pies.
Mantos de testigos
que necesitaban las manos libres
para las piedras.
Esteban había hablado
de Moisés,
de los profetas,
de los padres que resistieron
al Espíritu Santo.
Crujían los dientes contra él.
Pero él miraba más arriba:
los cielos abiertos,
el Hijo del Hombre
a la diestra de Dios.
Lo dijo en voz alta.
Ellos se taparon los oídos.
Lo echaron fuera de la ciudad.
Y mientras lo apedreaban,
él invocaba:
«Señor Jesús, recibe mi espíritu.»
Se puso de rodillas.
«Señor, no les tomes en cuenta este pecado.»
Y habiendo dicho esto,
durmió.
Saulo estaba allí.
Guardaba los mantos.
Y consentía en su muerte.
Hombres piadosos lo llevaron a enterrar
e hicieron gran llanto sobre él.
Saulo entraba casa por casa.
Arrastraba a hombres y a mujeres
y los entregaba a la cárcel.
Y respirando aún
amenazas y muerte,
pidió cartas para Damasco,
para traer presos
a los que hallara
de este Camino.
III. La voz del camino
Las cartas iban con él.
Damasco estaba cerca.
Era mediodía.
Una luz del cielo,
más fuerte que el sol,
lo rodeó en el camino.
Cayó a tierra.
Y oyó su nombre,
dos veces,
como Moisés lo había oído junto a la zarza:
«Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?»
Creía servir al Dios de sus padres
cuando salió de Jerusalén.
«¿Quién eres, Señor?»
«Yo soy Jesús, a quien tú persigues.»
Jesús.
El crucificado.
Aquel a quien Esteban había invocado
bajo las piedras.
Estaba vivo.
Se levantó de la tierra.
Abrió los ojos
y no veía a nadie.
Lo llevaron de la mano.
Así entró en Damasco
el que venía a llevar presos.
Tres días sin ver.
No comió.
No bebió.
Oraba.
En la ciudad había un discípulo llamado Ananías.
Conocía aquel nombre.
«Tiene autoridad […]
para prender a todos los que invocan tu nombre.»
Pero el Señor le dijo:
«Ve, porque instrumento escogido me es éste,
para llevar mi nombre en presencia de los gentiles…
porque yo le mostraré
cuánto le es necesario padecer por mi nombre.»
Ananías entró.
Puso sobre él las manos.
«Hermano Saulo.»
Y algo como escamas
cayó de sus ojos.
Volvió a ver.
Se levantó
y fue bautizado,
invocando aquel nombre.
ACTO II · EL HOMBRE ENVIADO
IV. La canasta y los años
En las sinagogas de Damasco
comenzó a anunciar
lo que había venido a destruir:
Jesús es el Hijo de Dios.
Los que lo oían estaban atónitos.
¿No era éste el que asolaba en Jerusalén
a los que invocaban este nombre?
¿No había venido
para llevarlos presos?
Pero Saulo mucho más se esforzaba,
demostrando que Jesús era el Cristo.
De su paso por Arabia
dejó apenas estas palabras:
«Fui a Arabia.»
Y volvió a Damasco.
Guardaban las puertas
de día y de noche
para matarlo.
Pero una noche
los discípulos lo llevaron hasta la muralla,
lo pusieron en una canasta
y lo descolgaron
por una ventana del muro.
En Jerusalén
todos le tenían miedo.
No creían que fuese discípulo.
Bernabé lo tomó consigo
y lo llevó a los apóstoles.
Habló en el nombre del Señor.
Disputó con los judíos de lengua griega.
Y procuraban matarlo.
Oraba en el templo
cuando vio al Señor:
«Date prisa, y sal prontamente de Jerusalén.»
«Señor, ellos saben…
que cuando se derramaba la sangre de Esteban tu testigo,
yo también estaba presente,
y consentía en su muerte,
y guardaba las ropas de los que le mataban.»
«Ve, porque yo te enviaré lejos a los gentiles.»
Los hermanos lo llevaron hasta Cesarea
y lo enviaron a Tarso,
la ciudad donde había nacido.
Las iglesias de Judea
no conocían su rostro.
Solo oían decir:
«Aquel que en otro tiempo nos perseguía,
ahora predica la fe que en otro tiempo asolaba.»
Y glorificaban a Dios en él.
V. El hombre que vino a buscarlo
En Tarso estaba Saulo.
Y a Antioquía habían llegado
los que fueron esparcidos
por la persecución que hubo
con motivo de Esteban.
Hablaron también a los griegos.
Y la mano del Señor estaba con ellos.
La noticia llegó a Jerusalén.
Enviaron a Bernabé.
Cuando llegó,
vio la gracia de Dios
y se regocijó.
Después fue a Tarso
a buscar a Saulo.
Y hallándole,
lo trajo a Antioquía.
Todo un año
se congregaron con la iglesia
y enseñaron a mucha gente.
Y a los discípulos
se les llamó cristianos
por primera vez.
Vinieron profetas.
Uno de ellos, llamado Agabo,
anunció una gran hambre.
Cada uno, conforme a lo que tenía,
determinó enviar socorro
a los hermanos de Judea.
Lo enviaron
por mano de Bernabé y de Saulo.
Al volver,
llevaron consigo a Juan,
el que tenía por sobrenombre Marcos.
Había en Antioquía profetas y maestros:
Bernabé,
Simón, el que se llamaba Niger,
Lucio de Cirene,
Manaén, que se había criado junto con Herodes,
y Saulo.
Ministraban al Señor y ayunaban,
cuando el Espíritu Santo dijo:
«Apartadme a Bernabé y a Saulo
para la obra a que los he llamado.»
Ayunaron.
Oraron.
Les impusieron las manos.
Y enviados por el Espíritu Santo,
descendieron a Seleucia.
Delante de ellos
estaba el mar.
Al otro lado,
Chipre.
VI. Los caminos de las naciones
El mar quedó detrás.
En Chipre,
ante un procónsul que deseaba oír la palabra,
Saulo,
que también es Pablo,
habló lleno del Espíritu Santo.
Desde entonces,
Pablo.
En Listra
sanó a un hombre
que nunca había andado.
La multitud gritó
que los dioses habían descendido.
El sacerdote de Júpiter
trajo toros y guirnaldas
delante de las puertas.
Bernabé y Pablo
rasgaron sus ropas.
«Varones, ¿por qué hacéis esto?
Nosotros también somos hombres
semejantes a vosotros.»
Después vinieron otros
y persuadieron a la multitud.
Apedrearon a Pablo.
Lo arrastraron fuera de la ciudad,
pensando que estaba muerto.
Los discípulos lo rodearon.
Se levantó
y entró en la ciudad.
Quiso hablar en Asia,
y el Espíritu Santo se lo prohibió.
Intentó ir a Bitinia,
y el Espíritu no se lo permitió.
En Troas, de noche,
un varón macedonio le rogaba:
«Pasa a Macedonia y ayúdanos.»
Cruzó el mar.
En Atenas,
la ciudad entregada a los ídolos,
halló un altar:
AL DIOS NO CONOCIDO.
En el Areópago les habló
del Dios que hizo el mundo,
que no habita en templos hechos por manos humanas,
ni es honrado por manos de hombres,
porque él da a todos
vida y aliento.
Cuando oyeron de la resurrección,
unos se burlaban.
Otros dijeron:
«Ya te oiremos acerca de esto otra vez.»
En Corinto
halló a Aquila y a Priscila.
Eran del mismo oficio.
Cortaba las telas.
Cosía tiendas.
Y cada día de reposo
discutía en la sinagoga.
«Estas manos me han servido.»
En Éfeso habló dos años.
Y hacía Dios milagros extraordinarios
por mano de Pablo:
llevaban a los enfermos
los paños y delantales de su cuerpo.
Un platero que hacía templecillos de plata
reunió a los de su oficio:
«Dice que no son dioses
los que se hacen con las manos.»
Y la ciudad se llenó de confusión.
«Se me ha abierto puerta grande y eficaz,
y muchos son los adversarios.»
Pero él miraba más lejos.
Roma.
Y más allá,
España.
Donde Cristo
no hubiese sido nombrado.
ACTO III · EL HOMBRE DESPOJADO
VII. Lo que no podía comprar
Había aprendido a contar.
Ocho días hasta la circuncisión.
Una tribu entre las doce.
El nombre de Israel.
La lengua de sus padres.
Fariseo.
Celoso.
Irreprensible
en cuanto a la justicia de la ley.
No eran monedas,
pero las había contado
entre sus ganancias.
Y un día escribió
sobre todo aquello
una palabra distinta:
Pérdida.
Y después, otra más dura:
«…y lo tengo por basura,
para ganar a Cristo.»
No culpaba a la ley.
«La ley a la verdad es santa,
y el mandamiento santo, justo y bueno.»
Pero la ley hablaba
para que toda boca se cerrara.
Y la suya se cerró.
Había otra cuenta.
No la columna que él llevaba,
sino la que estaba contra él:
un acta de decretos
que le era contraria.
Dios la borró.
La quitó de en medio.
La clavó en la cruz.
«Siendo justificados gratuitamente por su gracia,
mediante la redención que es en Cristo Jesús.»
Gratuitamente.
La justicia que buscaba
no estaba en sus manos.
«No teniendo mi propia justicia,
que es por la ley,
sino la que es por la fe de Cristo.»
No tejió aquella vestidura.
«Todos los que habéis sido bautizados en Cristo,
de Cristo estáis revestidos.»
Ya no presentaba cuentas.
Quería conocerle.
«A fin de conocerle,
y el poder de su resurrección,
y la participación de sus padecimientos,
llegando a ser semejante a él en su muerte,
si en alguna manera llegase
a la resurrección de entre los muertos.»
«No que lo haya alcanzado ya…
sino que prosigo,
por ver si logro asir aquello
para lo cual fui también asido
por Cristo Jesús.»
VIII. Una mesa para los que estaban lejos
En Antioquía
comían juntos.
Unos habían aprendido desde niños
la ley y los profetas.
Otros habían sido llevados
a los ídolos mudos.
Pedro comía con los gentiles.
Hasta que llegaron algunos
de parte de Jacobo.
Entonces comenzó a retraerse
y a apartarse,
porque tenía miedo
de los de la circuncisión.
Los gentiles vieron
los lugares vacíos.
Otros judíos lo siguieron.
Y aun Bernabé
fue arrastrado.
Bernabé,
el que había ido a Tarso
a buscar a Saulo.
También él se apartó.
Pablo vio
que no andaban rectamente
conforme a la verdad del evangelio.
Y resistió a Pedro
cara a cara,
delante de todos:
«Si tú, siendo judío,
vives como los gentiles y no como judío,
¿por qué obligas a los gentiles a judaizar?»
«No desecho la gracia de Dios;
pues si por la ley fuese la justicia,
entonces por demás murió Cristo.»
Los que estaban lejos
habían sido hechos cercanos
por la sangre de Cristo.
«Él es nuestra paz,
que de ambos pueblos hizo uno,
derribando la pared intermedia de separación.»
Y en Antioquía,
junto a una mesa,
el miedo intentaba
levantarla de nuevo.
IX. Tres veces
«Yo traigo en mi cuerpo
las marcas del Señor Jesús.»
«Tres veces he sido azotado con varas;
una vez apedreado;
tres veces he padecido naufragio…
en caminos muchas veces;
en peligros de ríos,
peligros de ladrones…
en frío y en desnudez.»
«Si es necesario gloriarse,
me gloriaré en lo que es de mi debilidad.»
«En Damasco…
fui descolgado del muro en un canasto por una ventana,
y escapé de sus manos.»
Y aquella otra carga
que no dejaba señales
sobre la piel:
«Lo que sobre mí se agolpa cada día,
la preocupación por todas las iglesias.
¿Quién enferma, y yo no enfermo?»
Habló de un hombre en Cristo
como si fuera otro.
«…fue arrebatado al paraíso,
donde oyó palabras inefables
que no le es dado al hombre expresar.»
Y para que no se enalteciera,
le fue dado
un aguijón en la carne,
un mensajero de Satanás
que lo abofeteara.
No dijo qué era.
Rogó al Señor
que lo quitara.
Una vez.
Otra.
Y una tercera.
Y el Señor le dijo:
«Bástate mi gracia;
porque mi poder
se perfecciona en la debilidad.»
«De buena gana me gloriaré más bien
en mis debilidades,
para que repose sobre mí
el poder de Cristo.»
Repose:
como una tienda
extendida sobre él.
«Porque cuando soy débil,
entonces soy fuerte.»
ACTO IV · EL HOMBRE QUE ESPERA
X. El cinto
En Mileto
se puso de rodillas
y oró con todos ellos.
Lloraban sobre su cuello,
porque les había dicho
que no verían más su rostro.
Iba a Jerusalén.
Llevaba una ofrenda
para los pobres de su pueblo.
En Cesarea
descendió de Judea un profeta.
Era Agabo.
Tomó el cinto de Pablo
y se ató con él
los pies y las manos.
«Así dice el Espíritu Santo:
Así atarán los judíos en Jerusalén
al varón de quien es este cinto,
y le entregarán en manos de los gentiles.»
Le rogaban que no subiera.
«¿Qué hacéis llorando
y quebrantándome el corazón?
Porque yo estoy dispuesto
no sólo a ser atado,
mas aun a morir en Jerusalén
por el nombre del Señor Jesús.»
Callaron.
«Hágase la voluntad del Señor.»
En el templo lo reconocieron.
Habían visto con él en la ciudad
a Trófimo, de Éfeso,
y pensaban que lo había metido en el templo.
Lo arrastraron fuera.
Cerraron las puertas.
El tribuno lo prendió
y lo mandó atar con dos cadenas.
Cuando lo ataron con correas para azotarlo:
«¿Os es lícito azotar a un ciudadano romano
sin haber sido condenado?»
El tribuno respondió:
«Yo con una gran suma adquirí esta ciudadanía.»
Entonces Pablo dijo:
«Pero yo lo soy de nacimiento.»
A la noche siguiente,
el Señor se puso a su lado:
«Ten ánimo, Pablo,
pues como has testificado de mí en Jerusalén,
así es necesario que testifiques también en Roma.»
Pasaron los días.
Pasaron los juicios.
«A César apelo.»
Ante Agripa habló de la resurrección.
«Por poco me persuades a ser cristiano.»
«¡Quisiera Dios que por poco o por mucho,
no solamente tú,
sino también todos los que hoy me oyen,
fueseis hechos tales cual yo soy,
excepto estas cadenas!»
Y lo llevaron al mar.
Un viento huracanado arrebató la nave.
No aparecieron ni el sol
ni las estrellas
por muchos días.
Se había perdido
toda esperanza de salvarse.
Entonces Pablo tomó el pan,
dio gracias a Dios en presencia de todos,
lo partió
y comenzó a comer.
Eran doscientas setenta y seis personas.
La nave se deshizo.
Todos llegaron a tierra.
Después de otros caminos,
Roma.
Un soldado lo custodiaba.
«Por la esperanza de Israel
estoy sujeto con esta cadena.»
XI. El capote y los pergaminos
Escribía a Timoteo.
Lo había conocido en Listra,
la ciudad de las piedras.
«Deseando verte,
al acordarme de tus lágrimas,
para llenarme de gozo.»
«Procura venir pronto a verme.»
«Demas me ha desamparado,
amando este mundo.»
«Sólo Lucas está conmigo.»
Y un nombre
que una vez se había apartado:
«Toma a Marcos y tráele contigo,
porque me es útil para el ministerio.»
«Onesíforo… no se avergonzó de mis cadenas,
sino que cuando estuvo en Roma,
me buscó solícitamente
y me halló.»
«En mi primera defensa
ninguno estuvo a mi lado,
sino que todos me desampararon;
no les sea tomado en cuenta.»
Así había orado Esteban,
bajo las piedras,
mientras los mantos estaban
a los pies de Saulo.
«Pero el Señor estuvo a mi lado,
y me dio fuerzas,
para que por mí fuese cumplida la predicación,
y que todos los gentiles oyesen.»
«Trae, cuando vengas,
el capote que dejé en Troas
en casa de Carpo,
y los libros,
mayormente los pergaminos.»
Casi al final de la carta:
«Procura venir antes del invierno.»
XII. La carrera y la venida
Había pedido a Timoteo
que viniera antes del invierno.
Y escribió:
«Porque yo ya estoy para ser sacrificado,
y el tiempo de mi partida está cercano.»
No nombró una ciudad
hacia la cual partir.
«He peleado la buena batalla,
he acabado la carrera,
he guardado la fe.»
Guardar.
Los mantos, a sus pies.
La fe.
«Por lo demás, me está guardada
la corona de justicia,
la cual me dará el Señor, juez justo,
en aquel día.»
Había llevado el nombre de un rey
cuya corona había caído.
Esta no descansaba
sobre su cabeza.
Estaba guardada.
«Y no sólo a mí,
sino también a todos los que aman su venida.»
El cuerpo,
aquella tienda
expuesta al frío y a las heridas.
«Porque sabemos que si nuestra morada terrestre,
este tabernáculo, se deshiciere,
tenemos de Dios un edificio,
una casa no hecha de manos,
eterna, en los cielos.»
«No quisiéramos ser desnudados,
sino revestidos,
para que lo mortal sea absorbido por la vida.»
«Si creemos que Jesús murió y resucitó,
así también traerá Dios con Jesús
a los que durmieron en él.»
«Y así estaremos siempre con el Señor.»
«Y el Señor me librará de toda obra mala,
y me preservará para su reino celestial.
A él sea gloria
por los siglos de los siglos.
Amén.»
