Me asusta pensar
que algún día pueda acostumbrarme a Tu misericordia.

Que la cruz se vuelva paisaje.

Que pueda pasar junto a ella
sin detenerme.

Que aquello que hoy me quebranta
mañana apenas me roce.

Conozco mi corazón.

He llamado eterno
a lo que duró unas estaciones.

He jurado permanecer
y después encontré mis propias huellas
alejándose.

Por eso, cuando pienso en lo que viene,
hay algo que me inquieta más
que lo desconocido:

yo estaré allí.

Yo.

Con esta voluntad que vacila.

Con esta memoria que olvida.

Con este corazón capaz
de abrazar hoy
y mañana cerrar las manos.

¿Y si un día
amo más aquello que me das
que a Ti?

¿Y si después de haber probado Tu bondad
vuelvo la mirada hacia otra mesa?

¿Y si mis manos
terminan soltándote?

Tú que conoces el final
de lo que apenas comienza,

Tú que ya has visto
cada camino que todavía no he andado:

si hubiera un día
en que terminara apartándome de Ti,

preferiría que esta noche fuera la última
y terminarla amándote,

antes que llegar a aquel día
sin recordar siquiera
qué fue lo que solté.

Entonces leo otra vez:

ni la muerte,

ni la vida,

ni ángeles,

ni principados,

ni potestades,

ni lo presente,

ni lo por venir,

ni lo alto,

ni lo profundo…

Y llego hasta esas palabras:

ninguna otra cosa creada.

Me detengo.

Porque también yo
soy criatura.

Yo no soy la excepción
escondida entre los versos.

Mi mañana no es una habitación
a la que Tú llegarás después de mí.

Ya estás allí.

Conoces las noches
en que mi fe será pequeña,

los lugares donde tropezaré,

las lágrimas que todavía
no tienen fecha.

Y esto no hace pequeño mi pecado
ni convierte la caída en camino.

Al contrario:

quiero permanecer
porque sé cuánto costó
que pudiera llamar hogar
a Tu presencia.

Así que cuando pienso
en el hombre que seré,

todavía tiemblo.

Entre él y yo
hay años que no conozco,

dolores que aún no han nacido,

tentaciones sin rostro,

pérdidas que todavía duermen.

Pero no hay mañana
donde Cristo deje de ser Cristo.

Y si alguna vez
mis manos cansadas
parecen aflojarse,

hazme recordar,

o recuérdame Tú
cuando yo ya no pueda:

que el amor comenzó
antes que mi amor;

que Tú no me encontraste
porque yo te buscara primero;

que no fui yo
quien puso esta historia en movimiento.

Y que al final,

como al principio,

mi seguridad no estará
en cuánto logré sostenerte,

sino en descubrir

que mientras temía perderte,

Tú me sostenías.

– JORGE ROHNER

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