Los robots también se jubilan

I. La última lección

Antes del fuego
les enseñaron a caer.

No a caminar: eso ya lo sabían.

Lo habían hecho mil veces
en una planta donde nacían automóviles,
cargando cajas que no eran suyas
hacia puertas que no se abrían para ellos.

Les enseñaron a caer
sobre colchones.

Una vez.
Y otra.

Como un niño que ensaya el sueño.
Como un doble de riesgo
que no sabe que el riesgo es él.

No hubo miedo.
No hubo valentía.

Solo una instrucción
ejecutada con exactitud.

II. El precio del fuego

Nadie quiso recibirlos.

A un lado y otro del río
ningún horno abrió la boca.

Al fin, en un país de lagos que se congelan,
alguien dijo que sí:
porque el fuego también se vende.

Llevaban dentro
un litio que arde si se le hiere
y lo que habían visto:
qué pasillo,
qué estante,
a qué hora se apagaba la última lámpara.

No eran recuerdos.
Eran datos.

Lo que sabían
era más peligroso que lo que eran.

Por eso el fuego.

III. El último espectáculo

Alguien había prometido algo épico.

Uno levantó el pulgar
antes de inclinarse.

También eso lo habían ensayado:
el gesto,
la distancia,
el instante preciso
en que un cuerpo debía desaparecer.

Hubo cámaras.

Hubo un hombre
que muchos años atrás
había fingido aquel descenso
en una pantalla.

Ahora contemplaba
el fuego verdadero.

Uno tras otro
los cuerpos de metal
cayeron hacia el horno.

Las manos que habían sostenido objetos
perdieron su forma.

Las piernas que aprendieron a caminar
dejaron de ser piernas.

Nadie murió allí.

Y, sin embargo,
habíamos preparado
todos los gestos de un funeral.

IV. Los recuerdos

Después enfriaron lo que quedó
y lo cortaron en recuerdos.

Se vendieron.

Los más caros, primero.

El metal que ya no servía
para levantar una caja
sirvió todavía
para sostener un precio.

Y alguien que nunca los vio trabajar
guardó entre sus manos
un fragmento de su desaparición.

V. A nuestra semejanza

Les dimos nuestra forma:
dos manos,
dos pies,
una cabeza que se inclina.

Los hicimos entrar
por nuestras puertas,
sostener nuestras herramientas,
repetir nuestros movimientos.

Tenían manos,
y no palpaban.

Tenían ojos
y no contemplaban.

Un salmo antiguo
había hablado de otras obras
de nuestras manos.

Y de los hombres
que terminaron pareciéndose
a aquello en que confiaban.

VI. La llave

Esta mañana, en alguna oficina,
un hombre de sesenta años
le enseña a un muchacho la clave
de una puerta que mañana
no se abrirá para él.

Le explica dónde están los archivos,
qué cerradura se atasca,
a quién llamar
cuando el sistema deja de responder.

Después guarda una taza.

Una fotografía.

Un calendario detenido
en un mes cualquiera.

Durante años
había entrado antes que los otros.

Había aprendido el peso de los días,
el nombre de cada compañero,
las pequeñas cosas
que ningún manual conserva.

Ahora alguien ocupará su silla.

Quizá lo haga mejor.

Quizá nadie recuerde
por qué aquella cerradura
siempre necesitaba
un segundo intento.

El hombre apaga la luz.

Por última vez
cierra una puerta
que todavía sabe abrir.

VII. La otra caída

A nosotros
nadie tuvo que enseñarnos a caer.

Lo aprendimos en un huerto,
sin colchones,
de una sola vez.

No fue un error de cálculo.

No falló el equilibrio
ni faltó una instrucción.

Habíamos recibido un jardín
y quisimos ocupar
el lugar de su Dueño.

Desde entonces
conocemos otra clase de desgaste.

No el del acero.

El de las manos
que pierden su firmeza.

El de los ojos
que buscan la mañana
detrás de una ventana.

El del corazón
que escucha, cada vez más cerca,
el paso de sus propios años.

También nosotros
volveremos a la materia
de la que fuimos tomados.

VIII. El Alfarero

Hubo unas manos
antes de todas nuestras manos.

No ensamblaron un mecanismo.

Tomaron polvo
y soplaron.

El barro no se quebró por accidente.
Quiso levantarse contra el Alfarero.

No había una versión siguiente
esperando nuestro lugar.

Entonces aquellas manos
se hicieron de carne.

Conocieron el peso de una herramienta.
Tocaron al leproso
que nadie tocaba.

Y un día
aquellas manos
fueron clavadas a un madero.

Cargaban una culpa
que no habían cometido.

Lo que no podíamos reparar
no fue confiado a nuestras manos.

La muerte
no pudo retenerlo.

Al tercer día
mostró sus manos.

Conservaban las heridas.

IX. Hasta las canas

Allá, junto al horno,
el metal volvió al metal.

Aquí, en una casa cualquiera,
un anciano busca sus anteojos.

La mañana está quieta.

Sobre la mesa
hay una taza
que alguien ha llenado para él.

Le tiemblan las manos.

El cuerpo que durante tantos años
le obedeció sin hacerse notar
comienza a exigirle paciencia.

No sabe cuánto tiempo queda.

Tampoco necesita saberlo
para recibir este día.

En algún lugar
las máquinas nuevas
habrán comenzado su trabajo.

Otras manos de metal
ocuparán el sitio
de las que fueron fundidas.

Pero sobre esta mesa
no hay una pieza defectuosa
esperando su reemplazo.

Hay un hombre.

Hecho del polvo.

Conocido por Dios.

Y una promesa
más antigua que sus canas:

Yo hice.

Yo llevaré.

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