Hay hombres que no han perdido el camino.
Han perdido el norte.
Caminan.
Eso es lo terrible.
Caminan mucho.
Pero dentro de ellos
dos agujas disputan el cielo.
Una señala hacia el monte
donde arde el fuego de Dios.
La otra,
hacia las ciudades
que levantamos para no necesitarlo.
Y así avanzan:
un pie sobre la roca,
otro sobre la arena;
una mano abierta hacia el cielo,
la otra cerrada
sobre aquello que no quieren entregar.
I
El viento no inventó la ola.
Sólo mostró
que el agua no tenía dónde afirmarse.
Así el corazón.
Mientras el aire duerme
parece quieto.
Hasta que sopla la pérdida.
Hasta que llega la espera.
Hasta que Dios guarda silencio
el tiempo suficiente
para que nuestros ídolos
comiencen a pronunciar su nombre.
Entonces la superficie se levanta.
Va.
Vuelve.
Promete.
Retrocede.
Pide con los labios
lo que teme recibir.
Confía
mientras calcula otra salida.
Dice:
Señor.
Y detrás de esa palabra
mantiene encendida
una puerta secreta.
II
Dos almas
bajo una misma piel.
Dos altares
en la habitación interior.
Dos voces repartiéndose
la obediencia.
Una dice:
espera.
La otra:
sálvate.
Una:
Dios proveerá.
La otra:
guarda algo
por si Dios no basta.
Ora antes de firmar
lo que ya sabe injusto.
Pide perdón
y sigue negociando
la salida.
Llama prudencia
al granero
que levanta
por si Dios
no basta.
Y el hombre aprende
la antigua danza
de los que cojean
entre dos pensamientos.
Hoy inclina el rostro
ante el fuego.
Mañana pregunta
si acaso Baal responderá.
No ha negado a Dios.
Tal vez eso lo engaña.
Sólo le ha reservado
la mitad del trono.
III
Pero ningún trono
acepta dos coronas.
Ningún corazón
puede tener dos centros
sin desgarrarse.
No podéis
ofrecer las manos
a dos yugos
y llamar libertad
a lo que os parte el lomo.
No podéis beber
de dos fuentes
y llamar pureza
a la mezcla.
No podéis mirar
dos horizontes
y esperar que los pies
conozcan el camino.
El hombre dividido
termina multiplicando espejos.
En cada uno
un rostro distinto.
Uno para el templo.
Otro para el mercado.
Uno que canta.
Otro que negocia.
Uno que dice
hágase tu voluntad.
Otro que añade en secreto:
si coincide con la mía.
IV
El corazón es más profundo
que su propia confesión.
Puede esconder una serpiente
debajo de una plegaria.
Puede hacer del temor
una prudencia.
De la codicia,
previsión.
Del orgullo,
convicción.
De la incredulidad,
sensatez.
Puede besar la Escritura
y conservar intacto
el ídolo.
Puede hablar de providencia
con las manos llenas
de pequeñas providencias privadas.
Puede decir:
sólo Tú.
Y después contar
cuántas cosas quedan
por si Tú faltaras.
V
Oh corazón
de dos habitaciones,
¿hasta cuándo pondrás
una lámpara en cada puerta?
¿Hasta cuándo
arderá incienso
en altares enfrentados?
Hay una guerra
que nadie ve.
No suenan espadas.
No caen murallas.
Sólo una voluntad
partiéndose lentamente
entre el Creador
y lo creado.
Por eso Santiago
no llama dichoso
al que vacila.
Lo llama inconstante.
Como mar
bajo muchos vientos.
Como hoja
sin rama.
Como brújula
junto a dos imanes.
Como casa
cuyas ventanas
miran a reinos enemigos.
VI
Y sin embargo,
el remedio no está
en apretar los dientes
hasta fabricar firmeza.
No existe una cirugía
que el barro pueda hacerse
a sí mismo.
El corazón dividido
no necesita
una disciplina más severa.
Necesita
un corazón nuevo.
Uno que no nazca
de su propia sangre.
Uno que Dios arranque
de la piedra.
Uno donde escriba
lo que antes estaba
fuera de nosotros.
Uno capaz de temblar
ante una sola gloria.
Uno habitado,
no solo reformado.
Porque el mismo Espíritu
que se movía
sobre las aguas primeras,
antes de que hubiera
luz que separar
de la tiniebla,
ahora se inclina
sobre esta arcilla
dividida,
y empieza,
otra vez,
a ordenar un mundo.
VII
Entonces aparece Cristo.
No como una tercera voz
entre nuestras voces.
No como una opción
más noble
entre otras opciones.
Sino como el Señor.
El Hijo
en quien ninguna voluntad
se alzó contra el Padre,
que pudo decir
en la noche más amarga:
no se haga mi voluntad,
sino la tuya.
El que no guardó
una salida secreta.
El que no descendió
de la cruz
para salvarse a sí mismo.
El que permaneció
cuando todos los vientos
golpearon.
El que fue obediente
hasta la muerte.
Y muerte de cruz.
VIII
Allí,
bajo el cielo oscuro,
el hombre dividido
descubre algo terrible:
no necesitaba
escoger mejor
entre sus dos caminos.
Necesitaba
ser reconciliado.
Porque ambos caminos
habían nacido
del mismo corazón.
Uno era rebelión abierta.
El otro,
rebelión vestida de virtud.
Uno huía de Dios.
El otro quería usarlo.
Y Cristo murió
por ambos.
IX
La cruz
no negocia con nuestros altares.
Los derriba.
No pide
una habitación del corazón.
Reclama la casa.
No viene a orientar
una de nuestras agujas.
Viene a ser
el norte.
Y cuando la gracia
entra,
el hombre comprende
que jamás estuvo perdido
porque le faltara dirección.
Estaba perdido
porque amaba demasiadas direcciones
menos aquella
que conducía a Dios.
X
Purificad vuestros corazones,
los de doble ánimo.
No significa:
dividíos mejor.
Significa:
venid a Él
con vuestras dos mitades.
Traed la contradicción.
La plegaria
y el ídolo.
La confianza
y la reserva.
El amén
y la condición escondida.
Traedlo todo.
Porque la gracia
no salva una mitad
y abandona la otra.
Cristo no redime
fragmentos.
Redime al hombre.
XI
Entonces sucede algo
que el viento no puede producir.
La aguja deja de girar.
No porque ya no haya tormentas.
No porque el mar
haya olvidado las olas.
No porque el creyente
haya aprendido
a no temblar.
Sino porque debajo
de todo temblor
hay una roca.
Y debajo de toda pregunta,
una promesa.
Y debajo de toda noche,
unas manos
que no sueltan
lo que compraron con sangre.
XII
Todavía sopla el viento.
Todavía la carne
recuerda viejos altares.
Todavía alguna sombra
susurra:
guarda algo
por si Dios no basta.
Pero otra voz,
más profunda
que nuestro miedo,
nos recuerda
que no somos sostenidos
por la perfección
de nuestra mirada,
sino por Aquel
que no cambia.
El mar se mueve.
La roca no.
La veleta gira.
El cielo permanece.
El corazón vacila.
Cristo no.
XIII
Y poco a poco,
por una gracia
que no nació en nosotros,
las dos habitaciones
comienzan a ser una.
Cae un muro.
Luego otro.
Las puertas secretas
pierden sus llaves.
Los altares falsos
se llenan de polvo.
Y lo que antes
eran dos deseos
peleando por la misma sangre,
aprende, por fin,
a hablar con una sola boca:
aborrecer la doblez,
amar tu ley,
y no sentir ya
que amarla
sea perder algo.
Hasta que la oración
deja de decir:
Dios
y algo más.
Y aprende,
con temor,
con cicatrices,
con una alegría
que ya no necesita defenderse,
a decir:
Dios.
Un solo Señor.
Un solo Reino.
Una sola esperanza.
Un solo nombre
sobre toda pérdida.
Un solo Cordero
en medio del trono.
Un solo norte
cuando todos los vientos
cambian.
Y un corazón
que ya no pertenece
a dos mundos,
porque fue comprado
para Uno.
Y el Espíritu
por quien recibió aliento
el polvo primero,
permanece ahora
en el corazón redimido,
sello vivo
de una herencia
que Dios
no revoca.

